Y ahora… Renato. Luis Fabiano, Drago, y ahora… Renato.
No pretendo escribir en este momento sobre los títulos que el brasileño conquistó defendiendo nuestra camiseta, nada menos que seis.
Ni de las finales que disputó. Si la memoria no me falla las jugó todas, unas de titular y otras saliendo desde el banquillo, a excepción de la vuelta de la supercopa de España ante el Barcelona.
Ni de los goles que marcó, treinta y nueve. Desde el primero, el día de su debut contra el Albacete en 2004, hasta el último hace poco más de un mes, en Almería, que sirvió para ganar los tres puntos en liza.
De por medio goles muy recordados, como el que hizo que el Betis hincara la rodilla en Nervión a comienzos de la 2006/07, cuando Renato mandó a por tabaco a Rivera, luego asustó con su sola presencia a Juanito, para por último ponerla en la escuadra de la portería de Gol Sur, de un tremendo zambombazo, donde dicen las malas lenguas que aún la está buscando el tal Toni D.
O los verdaderamente trascendentes, como el que marcó al Osasuna en la vuelta de la semifinal de UEFA, con un sutil y exquisito toque de zurda tras servicio del inigualable Daniel, y que suponía el 2-0 que nos metía en el avión destino a Glasgow.
Y el primero en Mónaco, en el meneo que le pegamos al Barça en la primera supercopa de Europa.
O los dos que metió en el Bernabéu en la vuelta de la supercopa de España, el día que le hicimos una manita al Realísimo en su guarida. Por cierto, Casillas habrá respirado aliviado al conocer la marcha del brasileño, y es que la ha marcado un buen puñado de goles.
Y, cómo no, el gol de la amargura, aquel que será siempre recordado por la estampa de nuestros futbolistas fundidos en una piña, señalando al cielo monegasco, ante el A.C. Milan en la segunda supercopa de Europa.
Goles, todos ellos, celebrados como lo hace un hombre: salto, brazos al cielo, puños cerrados y abrazo con el compañero. Nada de payasadas antideportivas como las que pudimos ver no hace mucho en Nervión, protagonizadas -¿cómo no?- por jugadores realísimos, propias de niñatos más que de futbolistas profesionales.
El hecho cierto es que el brasileño ha grabado su nombre en la piedra granítica que es la más que centenaria historia del Sevilla Fútbol Club. Pero al margen de las fotografías de los títulos que por siempre quedarán grabadas a fuego en nuestra memoria, Renato forma ya parte de los anales sevillistas por ser el futbolista extranjero que más partidos oficiales ha jugado con el Sevilla, sucediendo en tal honor al mítico medio volante paraguayo Ignacio Achúcarro.
Ni que decir tiene que yo nunca vi jugar a Ignacio Achúcarro, ni por asomo, ese otro sevillista, como Renato, de allende el Atlántico. A pesar de lo cual, su nombre me es profundamente familiar, porque mi padre y mi padrino que sí que lo vieron, ya en el Campo Nuevo, me hablaron del gran Sevilla del paraguayo: Mut; Santín, Campanal, Valero; Ruiz Sosa, Achúcarro; Agüero, Diéguez, Antoniet, Pereda y Szalay. Destacando sobremanera, amén de la célebre Delantera de Cristal, la extraordinaria línea media que Achúcarro formo con el coriano, ya desaparecido, Manolito Ruiz Sosa.
Como digo, mi padre y mi padrino, ambos en el tercer anillo y sevillistas de otro tiempo, empleaban una palabra, hoy en desuso futbolísticamente, para definir a jugadores como el paraguayo… y como Renato. Esa palabra es vergüenza.
Hoy día, en una época reduccionista a todos los niveles, hablaríamos de profesionalidad, un vocablo más frío, más aséptico, y también más limitado semánticamente. No se trata exactamente de eso. Un futbolista con vergüenza, además de ser profesional, como lo ha sido Renato, no sólo se implica con el equipo, sino que se identifica con el club y, después de siete años -o diez como Achúcarro- ama a su escudo y a su camiseta como el que más, habiendo tejido lazos de unión indelebles en el tiempo o en la distancia.
Renato, al igual que Achúcarro, ha sido jugador de un solo club en Europa. Siete temporadas, una eternidad en fútbol. Algo casi impensable en un tiempo en que los jugadores no son más que mercancía que va de acá para allá y que se subasta al mejor postor sin arraigar en ningún lugar.
Al mirar atrás, con tantas cosas vividas en el zurrón, pareciera que hace una eternidad desde que, en el verano de 2004, viniera procedente del Santos -el equipo de Pelé-, y ahora se vuelve a su país para jugar en el Botafogo -el equipo de Garrincha-.
Este brasileño, nacido en Santa Mercedes y que lució siempre el once en la espalda, a partir de ahora portará el dorsal ocho en la zamarra albinegra del equipo carioca.
No pretendo escribir en este momento sobre los títulos que el brasileño conquistó defendiendo nuestra camiseta, nada menos que seis.
Ni de las finales que disputó. Si la memoria no me falla las jugó todas, unas de titular y otras saliendo desde el banquillo, a excepción de la vuelta de la supercopa de España ante el Barcelona.
Ni de los goles que marcó, treinta y nueve. Desde el primero, el día de su debut contra el Albacete en 2004, hasta el último hace poco más de un mes, en Almería, que sirvió para ganar los tres puntos en liza.
De por medio goles muy recordados, como el que hizo que el Betis hincara la rodilla en Nervión a comienzos de la 2006/07, cuando Renato mandó a por tabaco a Rivera, luego asustó con su sola presencia a Juanito, para por último ponerla en la escuadra de la portería de Gol Sur, de un tremendo zambombazo, donde dicen las malas lenguas que aún la está buscando el tal Toni D.
O los verdaderamente trascendentes, como el que marcó al Osasuna en la vuelta de la semifinal de UEFA, con un sutil y exquisito toque de zurda tras servicio del inigualable Daniel, y que suponía el 2-0 que nos metía en el avión destino a Glasgow.
Y el primero en Mónaco, en el meneo que le pegamos al Barça en la primera supercopa de Europa.
O los dos que metió en el Bernabéu en la vuelta de la supercopa de España, el día que le hicimos una manita al Realísimo en su guarida. Por cierto, Casillas habrá respirado aliviado al conocer la marcha del brasileño, y es que la ha marcado un buen puñado de goles.
Y, cómo no, el gol de la amargura, aquel que será siempre recordado por la estampa de nuestros futbolistas fundidos en una piña, señalando al cielo monegasco, ante el A.C. Milan en la segunda supercopa de Europa.
Goles, todos ellos, celebrados como lo hace un hombre: salto, brazos al cielo, puños cerrados y abrazo con el compañero. Nada de payasadas antideportivas como las que pudimos ver no hace mucho en Nervión, protagonizadas -¿cómo no?- por jugadores realísimos, propias de niñatos más que de futbolistas profesionales.
El hecho cierto es que el brasileño ha grabado su nombre en la piedra granítica que es la más que centenaria historia del Sevilla Fútbol Club. Pero al margen de las fotografías de los títulos que por siempre quedarán grabadas a fuego en nuestra memoria, Renato forma ya parte de los anales sevillistas por ser el futbolista extranjero que más partidos oficiales ha jugado con el Sevilla, sucediendo en tal honor al mítico medio volante paraguayo Ignacio Achúcarro.
Ni que decir tiene que yo nunca vi jugar a Ignacio Achúcarro, ni por asomo, ese otro sevillista, como Renato, de allende el Atlántico. A pesar de lo cual, su nombre me es profundamente familiar, porque mi padre y mi padrino que sí que lo vieron, ya en el Campo Nuevo, me hablaron del gran Sevilla del paraguayo: Mut; Santín, Campanal, Valero; Ruiz Sosa, Achúcarro; Agüero, Diéguez, Antoniet, Pereda y Szalay. Destacando sobremanera, amén de la célebre Delantera de Cristal, la extraordinaria línea media que Achúcarro formo con el coriano, ya desaparecido, Manolito Ruiz Sosa.
Como digo, mi padre y mi padrino, ambos en el tercer anillo y sevillistas de otro tiempo, empleaban una palabra, hoy en desuso futbolísticamente, para definir a jugadores como el paraguayo… y como Renato. Esa palabra es vergüenza.
Hoy día, en una época reduccionista a todos los niveles, hablaríamos de profesionalidad, un vocablo más frío, más aséptico, y también más limitado semánticamente. No se trata exactamente de eso. Un futbolista con vergüenza, además de ser profesional, como lo ha sido Renato, no sólo se implica con el equipo, sino que se identifica con el club y, después de siete años -o diez como Achúcarro- ama a su escudo y a su camiseta como el que más, habiendo tejido lazos de unión indelebles en el tiempo o en la distancia.
Renato, al igual que Achúcarro, ha sido jugador de un solo club en Europa. Siete temporadas, una eternidad en fútbol. Algo casi impensable en un tiempo en que los jugadores no son más que mercancía que va de acá para allá y que se subasta al mejor postor sin arraigar en ningún lugar.
Al mirar atrás, con tantas cosas vividas en el zurrón, pareciera que hace una eternidad desde que, en el verano de 2004, viniera procedente del Santos -el equipo de Pelé-, y ahora se vuelve a su país para jugar en el Botafogo -el equipo de Garrincha-.
Este brasileño, nacido en Santa Mercedes y que lució siempre el once en la espalda, a partir de ahora portará el dorsal ocho en la zamarra albinegra del equipo carioca.
Renato Dirnei Florencio, el hombre de los sombreritos. El último de los brasileños en marcharse, que vino como medio centro y que gracias a su habilidad y enorme calidad técnica, su buena llegada y capacidad goleadora, dio sus mejores momentos jugando en la mediapunta, por detrás del delantero. Sin duda, uno de los jugadores más completos que la vista me alcanza.
Renato, el prototipo de futbolista con vergüenza profesional, jamás una declaración a destiempo, jamás un gesto a desmano, siempre sumando…
La semana pasada se despidió del Sevillismo, como la ocasión requería, con honores de capitán. Quizá parte de su éxito haya sido debido al aliento extra que le proporcionaba un pequeño sevillista que respondía al nombre de Renatinho y cuya imagen, en brazos de su padre, durante la celebración de los títulos quedará por siempre para la posteridad.
Obrigado Renato.


3 comentarios:
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Todo un señor, de la cabeza a los pies.
Espero volver a verle pronto trabajando para el Sevilla.
Hombres así deben permanecer ligados al club de una forma o de otra.
Amigo Tántalo, gracias por tu comentario y totalmente de acuerdo. Un abrazo.
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