Conocer el martes la inesperada noticia de la súbita muerte de su padre. Desplazarse desde Sevilla a Lyón para asistir al sepelio. Viajar inmediatamente para reunirse en Barcelona con el resto de la expedición sevillista, con la última imagen de su padre aún fresca en su retina. Salir en el once titular capitaneando a su equipo. Jugar los noventa minutos. Marcar el segundo gol. No poder evitar emocionarse mientras señalaba al cielo.
Sobran las palabras. Ese es Frédéric Omar Kanouté.
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