domingo 29 de mayo de 2011

COMANDANTE DRAGO.

Llegó por una pringá, como diría el mismísimo Del Nido. Apenas un rato antes de que se cerrara el plazo de inscripción de fichajes. Vino a ocupar el vacío que dejó Sergio Ramos tras su deserción o, más bien, espantá provocada por el vil metal y los oropeles realísimos. Aterrizó en Sevilla procedente del Standard de Lieja, un histórico belga venido a menos. Entró despacio, sin hacer ruido, pasando desapercibido para un sevillismo al que incluso costaba pronunciar correctamente tan extraño apellido de doce letras.
Dijo de él, cómo no, algún shico de la prensalibre -realmente impagables estos shicos-, que se trataba de un serbio que no era ni bueno ni malo sino todo lo contrario…
Sin embargo, aquel que llegó como soldado raso, defendiendo nuestra camiseta ascendió por méritos en el campo de batalla hasta convertirse en comandante. El Comandante Drago.

Ivica Dragutinovic nació en la Yugoslavia del mariscal Tito el 13 de noviembre de 1975. Sólo cuatro días antes, el domingo 9 de noviembre, en Sevilla, a casi tres mil kilómetros de distancia y ajeno al acontecimiento que tenía en vilo a toda España, la agonía del dictador, un chiquillo de poco más de ocho años perdía la inocencia -futbolística se entiende- al comprobar incrédulo cómo un chut desde fuera del área del barbudo alemán Paul Breitner rompía el lateral izquierdo de la red de Superpaco y era convertido en gol por arte de birlibirloque por el colegiado catalán, nacido en Almería, Santiago López Cuadrado, a la mayor gloria del Realísimo de Madrid.

Aquello es historia, y lo cierto es que treinta años después el destino planeó hacer coincidir los caminos de Drago y el Sevilla.
Ivica Dragutinovic fue el penúltimo en llegar -el último fue Julien Escudé- al mejor Sevilla moderno, al Sevilla más feraz de la historia, al Sevilla de las seis copas, para participar de lleno en la conquista de los títulos.
No jugó en Eindhoven ni en la primera supercopa de Mónaco. Pero fue titular en Glasgow, jugando los 120 minutos y marcando el segundo penalti de la tanda que mitificó a Andrés Palop, engañando a Gorka Iraizoz, entrando el balón a la derecha del portero vasco, que se lanzó a su izquierda.
Formó en el once que ganó nuestra cuarta copa de España ante el Getafe en el Santiago Bernabéu.
Jugó los dos partidos de la supercopa de España ante el Realísimo, tanto en la ida en Nervión como en el histórico partido de vuelta en el que un Sevilla de leyenda humilló al Madrid en su mismísima guarida.
Para por último ser titular en el partido que estaba llamado a ser el más bonito de nuestra historia y que por caprichos de un destino de mirada torva, se tornó el más amargo que el Sevilla Fútbol Club haya jugado jamás en sus casi ciento seis años de vida: la supercopa de Europa ante el A.C. Milan, aquel lacerante 31 de agosto de 2007.

Cuando se encontraba en uno de sus mejores momentos de forma e incluso habíamos descubierto a un extraordinario ¡lanzador de faltas!, una maldita lesión lo privó de disfrutar en el césped de la consecución del sexto título: nuestra quinta copa de España conquistada ante el Atlético de Madrid en el Camp Nou. Aún nos queda fresca la imagen de Drago con muletas sobre la yerba del coliseo barcelonista, celebrando con sus compañeros la copa que le ganamos al “grande”.

No obstante, con tesón, esfuerzo, sacrificio y una profesionalidad a prueba de bomba, Ivica Dragutinovic consiguió superar la rotura del tendón de Aquiles que lo tuvo en el dique seco casi un año, y pudo tapar así las bocazas de un buen número de mendaces shicos de la prensalibre, futurólogos agoreros, que lo daban por muerto para esto del fútbol. De tal suerte que pudimos verlo de nuevo de corto, por última vez, en el Ramón Sánchez-Pizjuán en el cierre del curso liguero ante la Real Sociedad, donde llegó a jugar apenas un minuto, en el que incluso tuvo tiempo para lanzar una falta, antes de que Turienzo Álvarez pitase el final del partido y fuera manteado por sus compañeros.

Seis años que acaban aquí. Seis años, seis, en los que Drago hizo gala de una profesionalidad absoluta. En los que se ganó el cariño del sevillismo, y el aprecio y respeto de sus compañeros. En los que el equipo con él en el campo siempre jugó con once. En los que asumió en el vestuario ante la plantilla los galones que en su momento le tocó llevar. En los que habló claro y con su verdad por delante. Seis años en los que disfrutamos de un defensa seguro, siempre fiable, líder y carismático, que era capaz de regalarnos lujos como el gol de tacón a Arnau o tener la valentía y el compromiso necesarios para dar el paso al frente y tirar un penalti en la final de Glasgow.

El pasado jueves a la tarde, Drago se despidió de su gente como la ocasión requería, al lado del Presidente. Un tipo duro como él -que se lo pregunten a César Cadaval…, permítanme la broma- , se emocionó, claro que se emocionó, cuando tuvo palabras de recuerdo para Antonio y para la afición. Con la voz quebrada y un nudo en la garganta, Ivica Dragutinovic nos hizo vivir este jueves instantes de Sevillismo puro, ese Sevillismo que un buen día se le coló al serbio por las rendijas del alma.

Ojalá sólo sea un punto y aparte. Que Drago juegue ese año o esos dos años que él aún desea y que posteriormente retorne a Sevilla y al Sevilla Fútbol Club, la que será por siempre su casa.

 

1 comentarios:

Blogosfera Sevilla FC dijo...

Post elegido como uno de los tres mejores posts publicados en la blogosfera sevillista durante la pasada semana.
Felicidades.

Un cordial saludo.
Blogosfera Sevilla FC.