También, en lenguaje más castizo, que no tenía sangre. Quizá.
Oí a muchos achacarle que no sudaba la camiseta. Es posible. Incluso, alguna vez se comentó que su carácter le impedía rendir, a veces, al máximo nivel. Probablemente sea cierto.
Estas consideraciones son discutibles aunque es posible que, alguna de ellas, incluso todas, puedan ser atinadas.
Pero que poquito me habrían de importar a mí tal sarta de zarandajas cuando pude comprobar, desde la grada baja de Gol Sur, quién era aquel brasileño malencarado con andares de pistolero de western clásico hollywoodense que habría de hacer historia, y de la grande, en Nervión.
Hoy, seis años después, la cosa se acaba y Luis Fabiano ha decidido cambiar el Ramón Sánchez-Pizjuán, escenario que fue testigo de sus tardes más gloriosas como futbolista, por un Morumbi que lo vio nacer para el deporte rey y que lo ha vuelto a acoger a su regreso arropado por más de cuarenta mil fanáticos. Y cierto es que tenía hecho el cuerpo a su marcha, estaba convencido de que su etapa sevillista estaba terminando y que tocaría a su fin a 30 de junio. Sin embargo, la noticia tal como la conocí un sábado a la mañana, hace ya casi un mes, me sorprendió y desagradablemente la instantánea que de ipso facto me vino a la cabeza fue la de ver a Luis Fabiano doliéndose en una camilla en San Mamés.
Esa fue la última vez que lo vi de sevillista, una imagen que me produjo una profunda desazón. Era injusto no poder volver a verlo de corto en Nervión, como Dios manda, para recoger el aplauso del sevillismo vestido de futbolista. Se me antojaba un final desagradable, triste, desabrido, para un tipo como él, grande entre los grandes en una etapa inmensamente gloriosa de nuestro Sevilla Fútbol Club.
Luis Fabiano Clemente, sin lugar a dudas, el mejor delantero centro que estos ojos hayan tenido la suerte de ver vestir nuestra camiseta, del 75 para acá que es desde que tengo recuerdos. Su inteligencia dentro del área, la manera de tirar los desmarques, el golpeo con la derecha, también con la izquierda, el prodigioso remate de cabeza, la sobresaliente calidad técnica, el olfato goleador de depredador del área…
Sé que habrá quien piense que todo esto no es más que un ditirambo, y que contribuye a transformar la lógica mitificación de un grande como Luis Fabiano en mistificación, pero es que no lo puedo evitar, ni quiero, he sido luisfabianista a machamartillo, confeso y convicto, lo juro por la Puerta 5, de los que ya en el glorioso año del Centenario disfrutaban tan sólo con verlo saltar al campo, mientras algunos hacían chascarrillos fáciles con su nombre, aludiendo a sus fallos. Sus más de cien goles, al cabo, han puesto a cada uno en su sitio.
Y es por eso que al pisar Luis el Ramón Sánchez-Pizjuán, la yerba se torna amarillo albero maestrante en tarde abrileña, convirtiendo la salida por la bocana de vestuarios en paseíllo torero. El paulista, hierático, espera el pitido inicial del árbitro como si de los clarines que anuncian el inicio de la lidia se tratara, transformado en sevillanísimo diestro con la montera calada hasta las cejas, mirando fijamente a la puerta de toriles, esperando la fulgurante aparición de su enemigo, tras lo cual el brasileño reta a su marcador dibujando el primer capotazo de recibimiento de la fiera en la raya del tercio. Y los siguientes capotazos, de ensueño, cada vez más templados, tirando hacia los medios, hasta llegar a la media verónica sublime, son los controles imposibles del centro delantero en presencia de sus rivales, para seguidamente ganar los balones a los centrales bajándolos con el pecho a modo de poderoso trasteo torero sojuzgando al enemigo. Y dentro ya del área un quiebro, siquiera sugerido, con la cintura a un oponente, da paso a la muleta en la izquierda embebiendo las embestidas del animal. Por fin, con la res enfrente, inmóvil, jadeante, mirando fijamente al matador, éste se lanza a la suerte suprema: el gol, los goles, los ciento y pico goles de Luis Fabiano con el Sevilla, de blanco y oro, o de grana y oro, y con todos ellos la explosión de júbilo en las gradas de Nervión, improvisados tendidos maestrantes cubiertos de pañuelos blancos pidiendo los máximos trofeos, la vuelta al ruedo exhibiendo los apéndices de su antagonista, para acabar saludando en redondo desde el centro del coso maestrante.
Más de cien, que se dice pronto, más de cien goles con la camiseta del Sevilla, pero como este… ninguno.
Va por usted, maestro.



5 comentarios:
Post elegido como uno de los tres mejores posts publicados en la blogosfera sevillista durante la pasada semana.
Felicidades.
Un cordial saludo.
Blogosfera Sevilla FC.
Gran comentario para un gran jugador
Gracias a Blogosfera Sevilla FC por tomar en consideración este artículo, y bienvenido a Miguel y gracias por su comentario.
Hola Carlos no te tenia en mi blogosfera agragedo y paso del tirón a agregarte,espero que me agregues a la tuya,un abrazo hermano,nos leemos crack.
Gracias Papi y encantado de conocerte cibernéticamente. Un abrazo.
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