Permítanme que les narre una historia que, convenientemente puesta en manos de expertos guionistas, le vendría que ni pintiparada a Martin Scorsese, para filmar una de esas grandes películas a las que nos tiene acostumbrados.
Pongamos una gran ciudad cualquiera, por ejemplo Nueva York. Concretemos más. Un barrio conflictivo, digamos el Bronx. Pues bien, en este barrio marginal se concentra todo el negocio sucio de la ciudad, ya saben: contrabando, alcohol, prostitución, juego, apuestas ilegales, etc…
El barrio, desde antaño, está dividido en veinte zonas, variables en cuanto a su tamaño y potencialidad de negocio, dominadas cada una de ellas por una banda que, dentro de su sector, goza de cierto grado de autonomía de movimientos.
Naturalmente, los escarceos entre bandas rivales menudean, existen tensiones, luchas por aumentar el negocio o, simplemente, por mantenerlo. Si bien, permanece un cierto statu quo que viene de antiguo.
Pero ocurre que, en los últimos años, el negocio ha evolucionado sustancialmente, nada que ver con lo que ocurría hace un par de décadas. Un nuevo elemento ha irrumpido con fuerza, hasta el punto de amenazar con romper el, más o menos estable, anterior estado de cosas. Ese nuevo elemento es, digamos, el tráfico de drogas. Pues bien, las drogas que otrora ocuparan un mínimo porcentaje en el volumen total del negocio, ahora representan un veinticinco o treinta por ciento, incluso más, del montante total.
La banda mafiosa más importante, que llamaremos M, con el padrino Flor a la cabeza, no sólo ha copado la mayoría del negocio desde tiempos inmemoriales, sino que ahora se dispone, junto a la segunda mayor banda, que llamaremos B, a apoderarse de la práctica totalidad del pastel. Para ello, sobre todo M y también, aunque en menor medida, B, gozan de notables influencias sobre el poder político, manejan los hilos de la gran mayoría de medios de comunicación, que efectúan lastimosos lavados de cara de cuantos desmanes cometen, y tienen comprados o hacen chantaje a policías, jueces y fiscales.
En este estado de cosas, el Bronx, en la práctica, está controlado casi exclusivamente por las dos grandes familias M y B, una enorme serpiente de dos cabezas, venenosa, extremadamente venenosa. Las otras dieciocho bandas subsisten a duras penas en unos sectores cada vez más reducidos y con una actividad que no va más allá del pequeño contrabando o las apuestas a pequeña escala.
Hasta aquí la historia es archiconocida, si queremos que Scorsese haga con esto un buen filme, tendremos que introducir algunos elementos novedosos.
En efecto, ocurre que de manera inopinada, hace poco más de ocho años que un hombre llamado Jmdn ha emergido fulgurantemente haciendo crecer a su banda, SFC, incluso muy por encima de sus posibilidades reales, habiendo tenido algún que otro escarceo con las dos grandes familias, de los que ha salido vencedor. De tal suerte que es mirado con recelo por éstas, a la vez que ha sido objeto de infames campañas de prensa en los medios afines a estas dos grandes bandas mafiosas. Medios, por otra parte, castrados en su libertad, sin posibilidad de contar la verdad por coacción, miedo o, simplemente, por intereses bastardos y espúreos.
Jmdn no está dispuesto a quedarse mirando, esperando las migajas que caen al suelo, mientras M y B se atiborran obscenamente de la suculenta tarta. En este sentido, el jefe de la banda SFC intenta zarandear las conciencias de los jefes de las otras diecisiete bandas, pero se encuentra con la triste realidad de la cobardía y mezquindad de la gran mayoría de ellos. Flor en lo último que piensan es en soltar el más mínimo trozo de una tarta que se dispone a engullir inmediatamente. A este fin, urde un plan basado en un principio antiquísimo: divide y vencerás. Para ello se reúne con dos de las bandas más importantes: V y A, a las que, entre las típicas amenazas mafiosas y las palmaditas en la espalda, prometen mayor trozo del pastel, siempre y cuando traicionen a las bandas que enarbolan la rebelión. Inmediatamente aceptan, en parte por miedo a las represalias y también porque el porcentaje del negocio que les ha prometido Flor les asegura la supremacía sobre las otras bandas, si bien, aceptan implícitamente no volver a hacer sombra siquiera a las dos grandes familias mafiosas.
Por otro lado, los matones de Flor visitan a las pequeñas bandas y les ofrecen la calderilla del negocio a cambio de la traición a SFC y al resto de posibles bandas rebeldes, dejando bien claro que la alternativa a someterse a M significa el riesgo de acabar tirado en una cuneta lleno de plomo o sumergido en el fondo de la desembocadura del Hudson con una losa de cemento en los pies. Los jefes de las pequeñas bandas, todo cobardía y mezquindad, aceptan traicionar a sus compañeros bajando la testuz, aun a costa del malestar de muchos de sus miembros que creen que es mejor morir luchando, todos unidos, que vivir de rodillas sojuzgados por M, callados y, además, rindiéndole pleitesía, soportando que Flor y sus gangsters se paseen cuando quieran por su barrio, esquilmen sus intereses y tomen cuanto deseen en una suerte de nuevo derecho de pernada.
En consecuencia, por una u otra causa, a M y B se unen otras once bandas que harán frente a la rebelión abanderada por Jmdn. Estas bandas pasarán a la historia como Las trece de la infamia.
Tan sólo cinco jefes de banda dan el paso al frente y se unen a Jmdn en su lucha. Entre todos toman la decisión de luchar, de no hincar la rodilla ante el todopoderoso Flor y su poder establecido, aun a sabiendas que la lucha será desigual, dura, difícil, y que las posibilidades de éxito son escasas. Teniendo, además, la seguridad que la pelea requerirá dolorosos sacrificios. Tan es así, que tres policías corruptos, sicarios al servicio del cumplimiento de los intereses de M, concretamente Itu, Muñ y Mat, ya han hostigado a los miembros de SFC, en una suerte de aviso de lo que puede suceder más adelante si no se pliegan a los intereses de Flor y sus secuaces. Concretamente, dos de estos sicarios, Muñ y sobre todo Itu, son conocidos por su falta de escrúpulos y su crueldad, habiendo perpetrado horribles crímenes contra SFC, y en el caso de Itu con un denominador común: el exclusivo interés de M.
Ya hemos hecho el planteamiento y desarrollado el nudo de nuestra historia. Ahora tenemos que darle un final, dotarla de un desenlace adecuado. Se me ocurren tres finales posibles, a grandes rasgos, si bien es posible pergeñar alguno que otro, fruto de la mezcla de parte de cada uno de estos tres de los que hablo.
Primer final. Se trataría de una visión pesimista de la realidad o, más exactamente, de una visión realista. En este final la rebelión sería aplastada por la banda más poderosa tras de servirse de todos los mecanismos a su alcance, ya saben: violencia, además de policía, fiscales, jueces, medios de comunicación e, incluso, poder político. Esto en la práctica supondría el final de la pluralidad en el negocio y tendría como consecuencia a las dos grandes bandas infinitamente más poderosas, y a las restantes dieciocho interpretando un papel de comparsa, confinadas en las fronteras de sus cada vez más exiguos barrios. Evidentemente, no descubro nada si les digo que este final es desolador.
Segundo final. Este desenlace no diferiría gran cosa del anterior. Se trataría de sofocar la rebelión comprando el silencio del abanderado de la revuelta. De esta forma, Flor daría un ultimátum a Jmdn, realizándole una última oferta al alza que consistiría en mejorar su porcentaje del negocio a cambio de que renunciara a la lucha. Les seré sincero y les diré que a pesar que pudiera resultar beneficioso para la banda SFC, tampoco me dejaría buen sabor de boca del todo este desenlace.
Tercer final. A base de lucha, perseverancia y sacrificio, las seis familias rebeldes deciden seguir adelante aun a sabiendas de la desigualdad de la pelea y conscientes de los daños de toda índole que éstas sufrirán por cometer el delito de lesa majestad de desafiar a Flor y sus sicarios. Sin embargo, a pesar de la manipulación constante de los medios de comunicación al servicio de M, se va instalando firmemente en el pueblo llano la idea de que el estado de cosas actual tiene que cambiar. Tras un largo y tortuoso camino las bandas rebeldes consiguen imponerse a Los trece de la infamia logrando establecer un sistema equitativo y justo de reparto del negocio, derrocando la tiranía de M. ¿Utopía? Si he de ser sincero, utopía absoluta. Pero, aunque pueda parecer paradójico, la importancia de una utopía no es el fin en sí mismo, imposible de conseguir por definición, sino el camino a recorrer que lleva hasta ella. Y como podrán comprender este es el final que a mí me gusta y, entiendo, el que gustará a la mayoría de aquellos que conozcan de esta historia.
Y ahora cabe preguntarse: si Scorsese considerara esta historia, ¿con qué final de los tres se quedaría? Yo les diré. ¡Con el tercero! Evidente. Final feliz, muy hollywoodiense, en consecuencia exitazo de taquilla y, por el camino, suficiente maldad, traición, prepotencia, juego sucio, cobardía, falsedad, ruindad, manipulación, mezquindad, iniquidad, injusticia, avaricia, etc…, con las que el gran director neoyorquino podría enjaretar una de esas magníficas películas de género a las que nos tiene acostumbrados.
Así que permanezcan atentos a la cartelera.


2 comentarios:
Cuarto final: el mafioso Jmdn acaba entre rejas compartiendo celda con su antiguo jefe JM, alias Cachuli; aprovechando la desbandada general, Dmrdl compra el SFC y lo mete en concurso de acreedores. Película de Berlanga, claro. (No te tomes tan a pecho esto del furgo, hombre, que como dijo aquél, yo no pago por ver a veintidós millonarios corriendo en calzoncillos detrás de una pelota. Saludos, cuñao.)
Cuñao, que no te enteras, que yo había pensado en una de Scorsese, no de Berlanga. Cierto que el final que tú propones es berlanguiano a tope, pero tiene todo el tufillo del último Berlanga, ya sabes: "París Tombuctú", "Todos a la cárcel", etc..., y, a mí, ese Berlanga ya no me interesa nada. Entre tú y yo, ahí el que tenía verdadero talento era Rafael Azcona. Saludos cuñao.
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