sábado 13 de noviembre de 2010

KANOUTÉ FRENTE A..., ¡CÉSAR!

Mal debe andar el asunto de la portería por Valencia. Hace ya varias temporadas que este muchacho, me refiero a César naturalmente, protagoniza un chabacano numerito circense en cada una de sus visitas a Nervión. Digo que mal anda el asunto porque el anterior inquilino de la portería levantina, me refiero a Cañizares naturalmente, era tan ridículo como el actual, si no más.
Fíjense hasta qué punto será cierto esto que digo, que técnicos y directivos valencianistas han tenido en sus manos y han dejado escapar al mejor portero de España, de largo, mal que le pese a la mafia mediática nacionalmadrileñista, don Andrés Palop Cervera. En el pecado llevan la penitencia. En cualquier caso, el sevillismo les queda por ello eternamente agradecido.

Los que, al igual que yo, llevan algunos años viendo fútbol, recordarán como en el Valencia C.F. defendían los tres palos, durante la década de los setenta y primeros ochenta, muy buenos guardametas. Recuerden si no a Balaguer, siempre vestido de negro. O a Manzanedo, un magnífico portero que procedía del Burgos, si la memoria no me falla. E incluso a Pereira, ¿se acuerdan de Pereira? con su poblada barba y gesto adusto. Posteriormente Sempere, etc…

Aquellos buenos porteros, su comportamiento correcto y hasta algo tan simple como su adecuado atuendo, pasaron a la historia. Por el contrario, este chico, César, se empeña en representar sainete tras sainete cada vez que acude al Estadio Ramón Sánchez-Pizjuán. Si bien, en mi opinión yerra el papel, porque no es una obra de los Álvarez Quintero lo que mejor se adapta a sus cualidades, sino que este muchacho, poseedor de unas aptitudes dramáticas fuera de lo común, debería protagonizar una obra de Valle-Inclán. Acaso defendiera bien el rol de Max Estrella: decadencia, aspecto fantocheril, esperpento en estado puro...

Aunque no seríamos del todo justos si no reconociéramos al portero valencianista una cualidad: la de ser un visionario, un adelantado a su tiempo. Me explicaré. En esta corrala de chismorreos, zafiedad y estulticia suprema en que se ha convertido el ruedo ibérico, las más preclaras meninges de ministerios como los de educación, igualdad y similares, campan a sus anchas pariendo engendros tales como la organización de los juegos de nuestros hijos en el colegio. En otras palabras, nuestros niños podrán jugar a la pelota en el patio del cole siempre que lo hagan vestidos de princesitas… Y aquí es donde entra en escena nuestro inefable cancerbero, César naturalmente, que celoso en su afán de cumplir con lo políticamente correcto, no tiene el más mínimo pudor en lucir un suéter fucsia de lo más “fashion” , bien ajustadito para que le realce la figura, cual si de una prenda de Playtex se tratase.

Pero amigos, la vida siempre nos muestra la otra cara, y para reconciliarnos con el género humano nos ha sido concedida la gracia de don Frédéric Kanouté. Mi hermano y yo, con un máster en sevillismo que consiste tan sólo (con acento, que todavía nos dejan) en casi cuarenta años ininterrumpidos mamando de las entrañas del Ramón Sánchez-Pizjuán, truene, llueva o ventee, no dudamos en afirmar que el francés es el mejor futbolista que jamás hemos visto lucir en el pecho el escudo del Sevilla Fútbol Club. Al hablar de Kanouté los calificativos se quedan cortos, cuesta encontrar las expresiones justas. Permítanme que pida palabras prestadas al poeta: sutil, ingrávido, gentil…
Jugador de época, al verlo el pasado lunes contra el Valencia dirigiendo a sus compañeros, portando el brazalete de capitán de mi Sevilla, más parecía Karajan, Böhm o Toscanini, impartiendo su magisterio desde un podio improvisado en el círculo central, sobre la yerba de Nervión. Desde aquí, por tanto, pido se levante cuanto antes un monumento a don Frédéric Kanouté, junto a la mismísima Puerta 5, y por supuesto, por suscripción popular.

Kanouté frente a César. Respetar y ser respetado frente a la antideportividad personificada. Educación y saber estar frente a la provocación constante de un gañán deportivo. Calidad futbolística excelsa frente a un matón del área. Mejorar cada año, como los buenos vinos frente a un tipo inexorablemente acabado cuyos únicos recursos son toda suerte de malas artes. En fin, alfa y omega.

Ojalá aún podamos seguir disfrutando de Kanouté largo tiempo. Y César, ¿César?...