lunes 14 de junio de 2010

CRÓNICA DE UN CAMPEÓN DE COPA. (Segunda parte).

Por fin comienza la gran final.
Salimos muy metidos en el partido. Centro de Navas por la derecha y casi llega Kanouté. Primera llegada. De nuevo Navas, siempre Navas, jugada por la banda derecha, conduce, se mete hacia el interior, arma la pierna izquierda, chuta, el balón rebota en un contrario, queda suelto en la frontal, llega Capel, engancha un impresionante zurdazo y...
Cuatro minutos hemos tardado en ponernos por delante, tan sólo cuatro minutos.
La estúpida pareja de miserables hinchas atléticos que he referido al comienzo de mi crónica, lo que pretendia con su iniquidad para con Antonio Puerta, era herir, ofender. Cuán estúpidos eran ambos. Porque sabed miserable pareja, que no ofende quien quiere. Para herir, no sólo hay que tener una mala lengua viperina, que la tenéis. Tendríais también que poseer la capacidad de hacernos mella, y esa, no la tenéis. Al recordaros, al principio sentía desprecio por vosotros, ahora tan sólo indiferencia, y mañana olvido. No sois gran cosa..
Pero sí quiero abundar en vuestra estupidez infinita y en lo alejado que el ruin mundo al que pertenecéis está del nuestro.
Antonio Puerta nunca morirá del todo mientras su recuerdo siga vivo en el sevillismo y, además, el Sevilla Fútbol Club ha hecho de su figura una referencia, un icono, especialmente para los más jóvenes.
Fijaos parejita de malnacidos hinchas colchoneros si Antonio Puerta está para nosotros presente, que lo último que hizo Antonio Álvarez justo antes de que mis futbolistas salieran al césped del Camp Nou, fue recordarles el Gol. El Gol de nuestras vidas. El Gol que Antonio le marcó al Shalke 04 en el irrepetible Jueves de Feria. Sí, Antonio Álvarez, para motivar a su gente, los convenció de que le debíamos una a Antonio, e intentó que se imbuyeran, y lo consiguió, del espíritu mágico de aquel 27 de abril.
¿Veis? Imbécil parejita de hinchas atléticos. Cuatro minutos, cuatro, sólo cuatro, les bastaron a mis jugadores para hacer el primer gol.
Un gol que, además, marcó un andaluz, de Albox, Almería. Como andaluz, sevillano de Nervión, era Antonio.
Un gol de un canterano criado en la bendita ciudad deportiva de la Carretera de Utrera, el mismo sitio en que se hizo futbolista Antonio.
Un gol que marcó un zurdo, pegándole con el alma, como también zurdo era Antonio.
Un gol que marcó el número 16, el mismo número que llevaba Antonio...
¿Comprendéis ahora, ruin pareja de hinchas colchoneros?
Sí, Antonio marcó y marcará siempre, pero además, en esta final, su presencia se hizo más patente que nunca.
No sería capaz de hacer un análisis futbolístico riguroso de lo que aconteció en la yerba, porque más que ver el partido, podría decirse que lo disputé. El damnificado fue mi hermano, que se sentaba a a mi izquierda, y al que propiné una buena paliza.
En efecto, salí de puños todas y cada una de las veces que lo hizo don Andrés Palop Cervera, y me tiré junto a él, sacando una mano prodigiosa junto al palo izquierdo, a tiro de Forlán.
Subí y baje, junto a Konko, una y mil veces la banda derecha.
Ayude a Squillaci, en dos ocasiones, a sacar el balón debajo de los palos en el minuto diez.
Fui un valladar, sacando el balón una y otra vez a la par que Julien Escudé.
Estuve, a buen seguro, más nervioso que Luna, en su segundo encuentro con el primer equipo.
Acabé exhausto, intentando llegar a todos los balones, en cualquier parte del campo, a la vez que el profesor Zokora.
Procuré ayudar a Renato a dar sentido a nuestro juego.
Sentí la misma satisfacción que un canterano como Lolo, por poder ser partícipe de la final.
Rematé, a la par de Negredo, el prodigioso taconazo que le regaló Kanouté, y que lo dejó solo ante De Gea. Y, estoy seguro, que lamenté el fallo más que él.
Acompañé de cerca a Romaric cuando sustituyó a Negredo -¿De qué me suena a mí ese cambio, de qué, de qué...?-, cuidando de que cumpliera la misión que le encomendó Álvarez.
Tuve la ilusión de saltar por cada pelota. De disputar cada balón dividido. De oxigenar al equipo manteniendo el cuero en mi poder. De ser una referencia para todos mis compañeros. De significar, en definitiva, lo que para el Sevilla Fútbol club actual significa don Frédéric Kanouté. Ante usted me quito el sombrero.
Le pegué con el alma, a la par que lo hizo Capel, qué alegria, y qué partidazo el del almeriense, dejándolo absolutamente todo en el campo.
Soporté, como si de mi rodilla se tratase, la peligrosísima entrada de la que fue objeto Perotti, perpetrada por Tiago, cuando el partido agonizaba.
Y Jesús Navas... ¡Ay Jesús Navas! El gol del Duende es de los que gustan, de los que se sienten, de los que se cantan con el alma, de los que se recuerdan, de los que se sueñan...
Capel y Navas, Navas y Capel, dos goles canteranos para levantar una copa, nuestra quinta copa, la que le ganamos al grande.
Una vez que, tras la celebración, nuestros futbolistas tomaron el camino de los vestuarios, llegó la hora de abandonar el Camp Nou.
Mi intención era llegar a la boca de metro de Collblanc, para desde allí dirigirme a la estación de Sants, donde a la una y cuarto tomaría el ave de regreso a Sevilla.
Fue entonces cuando tuve el desagradable encuentro con la miserable pareja de hinchas colchoneros que ya he referido al comienzo de esta crónica, pero no fue el único incidente del que fui testigo, protagonizado por esa gran afición que es la del At. de Madrid.
En efecto, tomé el metro en Collblanc. Era yo el único sevillista que viajaba en aquel vagón, junto a quince o veinte aficionados atléticos, todos respetuosos, en un ambiente de total normalidad. Una voz electrónica femenina anunciaba la siguiente parada, la estación de Badal, en el momento en que el tren abandonaba la oscuridad del túnel y se adentraba en el andén para detenerse. Fue entonces cuando, en un visto y no visto, se abrieron las puertas del vagón e inopinadamente entró una turbamulta de hinchas atléticos, permaneciendo yo como único sevillista.
Uno de los hinchas colchoneros resultó ser un salvaje, un energúmeno de cuidado, un cafre como difícilmente puedan imaginar. Tenía aspecto de homínido, no digo que no. Y efectivamente era bípedo, mas no aseguraría yo que fuera sapiens. El tipo, que juraba en arameo, insultaba a voz en grito a los sevillistas, al Sevilla, y a Sevilla, no debiendo reproducir aquí lo que aquella sucia boca escupía, por razones obvias. Aquel salvaje, eslabón perdido, o como quieran denominarlo, permanecía a cuatro o cinco metros de mí, distancia apreciable, no obstante, dada la imposibilidad de movernos ni un milímetro en un vagón absolutamente abarrotado. Mientras tanto golpeaba con todas sus fuerzas en las paredes, al tiempo que seguía insultando, de tal suerte que pensé que o rompía la pared del vagón o se rompía la mano, aunque tal vez deba decir pezuña.
La situación era tensa y, si bien, no era peligrosa, sí que me resultaba ciertamente incómoda. No mejoró las cosas el hecho de que justo un instante antes de la partida del tren, una vez convenientemente cerradas las puertas, un sevillista desde el andén del sentido inverso, al otro lado de las vías, en donde se sentía seguro, hizo reiterados gestos provocativos a los colchoneros. Se pueden imaginar la reacción del vagón al unísono y cómo se encresparon los ánimos.
Con objeto de que no coincidieran las dos aficiones, se había suprimido la parada correspondiente a la estación de Sants. Hubimos por tanto, de parar en la estación de Plaça Sants, que era la inmediatamente anterior.
Salí del tren junto a cientos de hinchas atléticos y por las escaleras mecánicas y pasillos coincidí junto a otros dos o tres sevillistas que viajaban en otros vagones. Ciertamente estábamos en minoría pero, como dijo mi Presidente, cada uno de nosotros valía, al menos, por tres de ellos.
Fue entonces cuando una servicial empleada del metro de Barcelona nos informó que para llegar a Sants había que trasbordar o salir a la superficie y caminar diez o quince minutos. Opté por salir al exterior y llegar andando hasta la estación, dado que se encontraba próxima, al tiempo que me zafaba de la incómoda situación de tener que estar rodeado por centenares de hinchas colchoneros. Cuestión, esta última, que no conseguí solucionar, puesto que al asomar a la superficie pude observar como la calle estaba tomada casi exclusivamente por aficionados atléticos.
Fue entonces cuando hube de escuchar hasta en tres ocasiones a unos amables y educados hinchas atléticos que vociferaban “sevillanos hijos de puta”
Después de cerciorarme de la dirección correcta, tras preguntar a una amable chica de Barcelona que casualmente pasaba por allí, conseguí doblar la esquina y tomar el Passeig de Sant Antoni por donde ya circulaban algunos sevillistas, aunque pocos, pudiendo divisarse a lo lejos la estación.
Aún tuve que oír cómo un impertinente seguidor atlético, bajo los efectos de un severo escozor producido por la derrota decía "¡a ver cuándo ganáis una liga!"
Todo se andará impertinente seguidor atlético. Nos birlaron la de 2007 y, estoy seguro, tendremos otra oportunidad de ganarla a no mucho tardar, y desde luego mucho antes que el At. Madrid. A este indocumentado le recordaré, además, dos cosas. En primer lugar que el Sevilla Fútbol Club ya tiene una liga. Y en segundo lugar que ha pasado por alto un pequeño detalle, y es que una liga, exactamente una liga y no más, es la que ha ganado el At. Madrid en los últimos ¡treinta años!
¿Afición buena, grande, pacífica? No amigos, nada de eso.
Afición grande es la del Shalke 04, con la que nos unen indelebles lazos de amistad, pese a que sufrieron la enorme decepción de no jugar la final de la Copa de la UEFA de 2006.
Afición pacífica es la del Middlesbrough, con la que mi hermano y yo nos mezclamos camino del Philips Stadion, sin mediar el más mínimo insulto y con la más absoluta normalidad.
Afición buena es la del Real Club Deportivo Español, cuyo comportamiento en el Hampden Park de Glasgow fue ejemplar, tanto animando a los suyos como en deportividad, y con la que no hubo el más mínimo incidente ni antes ni después del partido.
Afición amigable la del Getafe, con la que compartimos un día festivo en Madrid en la final de 2007.
Afición grande es la del A.C. Milan demostrando en la final de la supercopa de Europa de 2007 una sensibilidad sólo al alcance de los grandes, actitudes naturalmente fuera del alcance de gañanes que se consideran a sí mismos grandes sólo porque le venden la burra los medios nacionalmadrileñistas, que son fundamentalmente madridistas y subsidiariamente atléticos.
¿Grandes, decís? No me hagáis reir.
Los medios nacionalmadrileñistas, esos que les doran la píldora interesadamente, se han deshecho en elogios hacia la afición atlética porque permaneció inmóvil en el Camp Nou durante no sé cuánto tiempo después de que acabara el partido.
¿Queréis saber porqué permanecieron en las gradas un buen rato tras acabar el encuentro? Muy sencillo, yo os lo diré.
En primer lugar porque estaban atónitos, estupefactos, ante el espectáculo maravilloso que tenían enfrente, el de la afición sevillista.
En segundo lugar porque buena parte de esa afición, no digo toda, es profundamente antideportiva, y se quedaron para protagonizar el bochornoso hecho de abuchear al Campeón en su celebración, cosa que no nos había ocurrido en ninguna de las muchas finales anteriormente disputadas.
Y se quedaron fundamentalmente porque no daban crédito a que hubiera ocurrido lo que ocurrió. Es decir, que se les escapara de las manos una copa que creían tener asida con fuerza, toda vez que desde los medios nacionalmadrileñistas les habían inculcado por activa y por pasiva, hasta la saciedad, que eran los más guapos, que eran los más chulos, que eran los mejores, que eran los reyes del mambo y, sobre todo, que eran los grandes.
Por tal motivo, ellos no venían a jugar la final, sino que venían a recoger la copa directamente.
Permanecieron en las gradas, en definitiva, porque la decepción fue tan grande que les impidió durante un buen rato dar un paso siquiera.
Afición grande es la nuestra, que llevamos siete años consecutivos viajando por toda Europa, recibiendo elogios y felicitaciones de todos los lugares que visitamos.
No puede decir lo mismo, ni de lejos, la afición del Atlético de Madrid, a pesar de la chusca campaña manipuladora realizada por los medios nacionalmadrileñistas. O es que tengo que refrescar la memoria a algunos sobre los incidentes gravísimos acaecidos recientemente en eliminatorias con el Oporto, el Olimpique de Marsella, el Sporting de Lisboa, etc...
Pregunten en la UEFA por el Sevilla Fútbol Club y su afición y pregunten por el At. Madrid y sus hinchas...
¿Grandes? Claro, con la grandeza suficiente, ambos juntitos, afición y medios nacionalmadrileñistas afines, para humillar y vejar a un indigente en Hamburgo, a la luz del directo de las cámaras de televisión.
¡Cuánta grandeza, Dios mío!
Perdónenme esta digresión, quizá excesivamente extensa, pero el hecho de ver que tras ganar nuestra quinta Copa de España, los titulares de la prensa nacionalmadrileñista no eran sino de elogio a la afición rival, haría hablar incluso a un mudo. Además, ante la mentira y la manipulación de unos y otros, no nos queda mucho más que el derecho al pataleo. Así que patalearemos.
Permítanme, pues, que retome el orden cronológico de este relato.
Así fue como, al final, pude llegar a Sants, atravesando heroicamente las líneas enemigas.
Poco antes de la una de la madrugada descansaba en mi confortable asiento del ave.
Con la voz rota, acatado el mandato de nuestro Presidente, intentaba cambiar impresiones con los compañeros de viaje acerca del partido.
Cuando el tren partió, a la una y cuarto, todo el cansancio se me vino encima, y fue entonces cuando me relajé por completo. Me acomodé lo mejor que pude y, aun sin caer en un sueño profundo, sí que hice todo el camino de vuelta en un duermevela sólo interrumpido de vez en cuando para abrir un ojo con el que intentar adivinar el lugar por donde pasábamos. La vuelta fue ligeramente más rápida que la ida, y antes de las seis de la mañana, en menos de cinco horas, estábamos en Sevilla.
Recogí el coche, volví a casa, me metí en la cama, y me dormí pensando en lo que ocurriría ese mismo jueves por la tarde.
Otra vez habría paseo triunfal en autobús descubierto. Otra vez habría parada en la Puerta Jerez. Otra vez se ofrecería la copa a la patrona en la Catedral. Otra vez al Ayuntamiento. Otra vez el fin de fiesta en la esplanada del Gol Sur. Otra vez...

1 comentarios:

ayer y hoy sevillista dijo...

Magnífico, sí señor. No hay nada como la palabra directa, exenta de papafritismo.