Mayo de 1990. La liga llega a su capítulo final.
Un Sevilla dirigido desde el banquillo por el técnico chileno, de origen argentino, Vicente Cantatore y liderado en el campo por el austriaco Anton Polster, acaba de certificar matemáticamente, su clasificación para la copa de la U.E.F.A. seis años después.
En el plano institucional se vive un momento de estabilidad bajo la presidencia de Luis Cuervas que, en lo económico, ha podido sanear las arcas del club gracias a la lluvia de millones procedente de la venta de los terrenos aledaños al Ramón Sánchez-Pizjuán, una vez convenientemente recalificados.
A un sevillismo en parte anestesiado por la buena marcha del equipo, que al final obtendrá su billete para Europa clasificado sexto, una jornada antes del final del campeonato, parece importarle poco, en general, el hecho de que Francisco, el niño sabio de Osuna, el capitán del equipo, el sevillista con más entorchados internacionales de la historia, santo y seña de nuestra cantera, se haya pasado el año prácticamente en blanco.
Tres partidos como titular y dos más partiendo desde el banquillo es el exiguo bagaje del centrocampista internacional en la liga.
Y solamente el gol al Español, en copa, en el exilio del Vicente Calderón, puede pintar una leve sonrisa en la cara del ursaonense.
Vicente Cantatore ha postrado al centrocampista internacional al más absoluto de los ostracismos, obviamente con el beneplácito de Cuervas.
Hace tres meses que no entra en una convocatoria, y no juega desde el tres de diciembre de 1989, cuando en la jornada catorce visitó el Sánchez-Pizjuán el Real Oviedo, que venció por 1-2, precisamente el día en que se dejó la vida en el asfalto de la M-30 el jugador de baloncesto del Real Madrid, Fernando Martín.
Pues ese día, ante el equipo asturiano, será la última vez que Francisco J. López Álfaro vista la elástica blanca en competición oficial, a pesar de que aún le quedan tres años de contrato.
Con esta situación como telón de fondo, comparece el Sevilla en Nervión para dirimir su último pleito liguero. Nos visita la Real Sociedad.
Para nosotros el partido es de puro trámite, ya con el billete europeo para la próxima temporada en el bolsillo, aun habiendo perdido lastimosamente, en Vallecas, ante un Rayo ya descendido, en la penúltima jornada.
El equipo sale al campo, los suplentes ocupan su lugar en el banquillo y, como en semanas anteriores, Francisco no se ha vestido de corto.
En el descanso del encuentro, en la grada baja del GOL SUR, aún con las localidades de pie, como de costumbre, comentamos de todo un poco mi hermano y yo con los compañeros que nos rodean. Miro hacia arriba y veo caer, procedente de la grada alta del GOL SUR, una lluvia de cientos de octavillas. En un acto reflejo consigo coger una al vuelo. Le echo un vistazo, no sin cierto desdén. Sin embargo, al ver el título, aquel pequeño trozo de papel consigue llamar toda mi atención.El encabezado reza “Francisco se va, dicen”.
“Verso y música compuestos, uno en su metro y otro en el pentagrama, faltaba quien fuera capaz de continuar creando. Osuna, no conforme, dejó sobre el mundo de la yerba a un muchacho tímido -demasiado tímido, Fran-, demasiado callado, demasiado sentimental como para que le entendieran su arte. Cuando por Nervión -salvo uno o dos, como máximo- trataban los balones como aizkolaris y se extrañaban de su redondez, cuando casi todos arrancaban el césped en la patada, corrían el campo como perseguidos o sentían el cuero en las botas como un hierro candente, él llegó y lo amansó como a una paloma mensajera o como a un halcón perfectamente acostumbrado a la cetrería de los goles.
Desde su sitio -un sitio que siempre estará acordándose de él-, allí donde la cal señala, redonda, las medianías, repartía el juego con la maestría y la precisión de un jugador de naipes que, sin mirar, supiera qué carta va en cada reparto. Caño maestro que surtía todas las acequias del sistema sevillista de los últimos años, Francisco está conociendo ahora el contrario capricho del manantial, que se niega a llevarle el agua de la esperanza. Se va, dicen. Y se va , dicen también al Betis. Es lógico. Un creador como él no puede estar mucho sin las gubias del fútbol en los pies. Hoy, que una UEFA, al final más prestada que conseguida, lo marca y lo anula, es fácil olvidarlo. Mientras, un muchacho artista y buenazo se sume en el desánimo. Un día, balones desorientados en el campo de Nervión preguntarán por él.”
Desde su sitio -un sitio que siempre estará acordándose de él-, allí donde la cal señala, redonda, las medianías, repartía el juego con la maestría y la precisión de un jugador de naipes que, sin mirar, supiera qué carta va en cada reparto. Caño maestro que surtía todas las acequias del sistema sevillista de los últimos años, Francisco está conociendo ahora el contrario capricho del manantial, que se niega a llevarle el agua de la esperanza. Se va, dicen. Y se va , dicen también al Betis. Es lógico. Un creador como él no puede estar mucho sin las gubias del fútbol en los pies. Hoy, que una UEFA, al final más prestada que conseguida, lo marca y lo anula, es fácil olvidarlo. Mientras, un muchacho artista y buenazo se sume en el desánimo. Un día, balones desorientados en el campo de Nervión preguntarán por él.”
¡Ya lo creo que preguntaron!
Francisco se fue, efectivamente. Pero, naturalmente, no cogió el camino de la Palmera. Su sevillismo le impedía semejante felonía, y su arte, allí, no habría sido apreciado, que no es conveniente olvidar que no está hecha la miel para la boca del asno.
Francisco se fue, efectivamente. Pero, naturalmente, no cogió el camino de la Palmera. Su sevillismo le impedía semejante felonía, y su arte, allí, no habría sido apreciado, que no es conveniente olvidar que no está hecha la miel para la boca del asno.

































Al traidor lo han vuelto a poner de patitas en la calle. Otra vez un 26 de octubre, cosas que tiene la vida, ¡vaya por Dios!
Un sujeto sincero donde los haya...
...amigo leal...





