
El pasado día siete, al filo del mediodía, recibí en mi teléfono móvil el siguiente mensaje:
“Querido socio, desde el Sevilla F.C. no queremos dejar pasar este día tan especial, sin hacerte llegar nuestra afectuosa Felicitación. FELICIDADES. J.M. del Nido.”
Sin duda, un bonito detalle.
Que nuestro Sevilla se ha convertido en un club grande, es algo que hoy no escapa a nadie, excepto, quizá, a aquellos cuya envidia e ignorancia los hace permanecer cegados ante lo evidente. Y esto es así si atendemos, en mi opinión, a tres parámetros fundamentales.
En primer lugar el seguimiento del que es objeto nuestro club por parte de su afición. Seguimiento incondicional, naturalmente. No entraré en comparaciones con aficiones de otros clubes, pero sí diré que cuando hablo de seguidores incondicionales no me estoy refiriendo a la patulea de catetos realísimos que atesta cada domingo el bar de la esquina, en cualquier lugar de España, para ver el partido correspondiente, luciendo la camiseta del
cristianoronaldo de turno, eso sí, comprada en el mercadillo del barrio a diez euros. Ni tampoco son incondicionales los que se apuntan a un bombardeo, o una manifestación, que tanto monta, dándose golpes de pecho y besándose el escudo, representando un penoso paripé para, cuando haya que dar la cara de verdad, quitarse de en medio, porque como dice el refrán
“mucho te quiero perrito, pero pan poquito“. Como tampoco son incondicionales los integrantes de una categoría que conocemos bien por Nervión: los aficionados de finales.
Mi Sevilla es rico en seguidores incondicionales, aquellos que siempre estaremos con los nuestros, tanto si jugamos liga de campeones contra el Arsenal, como si nos visita el Mallorca B en partido de segunda división. A esos treinta mil, más o menos, que nunca abandonaremos a nuestro Sevilla, son a los que me refiero cuando hablo de incondicionales.
El segundo parámetro que hay medir para calibrar la grandeza de un club es la tan cacareada estructura. Es decir, la correcta organización de la entidad a todos los niveles y en todos y cada uno de sus estamentos. De esto el Sevilla Fútbol Club actual puede presumir, siendo su modelo de gestión y su estructura organizativa, conocidos y valorados en todo el mundo futbolístico, y aun fuera de éste, además de objeto de estudio por parte de otras entidades deportivas.
Por último y en tercer lugar estarían los logros deportivos. El objetivo primordial del Sevilla, en tanto que club de fútbol, es la práctica de este deporte, encaminada a la consecución del máximo de éxitos deportivos. En este sentido casi huelga decir que nuestro Sevilla se ha entretenido estos últimos años en ganar dos copas de la U.E.F.A.; una supercopa de Europa, habiendo jugado otra final; una copa de España; una supercopa de España; clasificándose en seis ocasiones seguidas, de momento, para jugar competición europea, siendo dos de ellas para disputar liga de campeones; y habiendo quedado clasificado, en los últimos años, dos veces en tercera posición; además de haber sido considerado durante dos años consecutivos como el mejor equipo del mundo. Logros creo que suficientes, unidos a los que ya poseíamos, para ser considerado un club grande.
Pero a esta gran tarta había que ponerle la guinda. Y, en mi opinión, la guinda es el detalle. El detalle del club para con su gente, para con sus incondicionales. En el verano de 2000, mi hermano y yo nos lamentábamos amargamente por no haber recibido del club, tras haber cumplido los veinticinco años de socio en aquella fecha, un modesto pin o una simple carta de reconocimiento, simples detalles ambos, que no habrían supuesto para el club ningún esfuerzo ni menoscabo económico para nuestras, por entonces, depauperadas arcas. Simple cuestión de detalle.
Afortunadamente, desde que José María del Nido y su equipo se hicieron con el timón de la nave sevillista, la situación, en este sentido, ha cambiado diametralmente. Actos como la entrega de la medalla del centenario a los socios más antiguos, o la reunión de los Fieles de Nervión, por poner sólo dos ejemplos, fueron creados para dar protagonismo a los sevillistas y resarcirnos por los muchos años en los que no habíamos sido debidamente considerados por el club.
Por todo esto, al recibir el otro día el mensaje de felicitación por mi cumpleaños en el móvil, me hizo, si es que ello fuera posible, reforzar aún más el sentimiento de pertenencia a la familia sevillista. Porque tal puede ser la fuerza de un simple detalle.